Las instituciones jerárquicas como cimiento del autoritarismo
En un contexto marcado por el creciente autoritarismo en Centroamérica, se llevó a cabo el seminario titulado «El papel de la cultura y las percepciones en la configuración del autoritarismo: El caso de Centroamérica» el pasado martes 8 de octubre. Académicas de renombre, como Amparo Marroquín y Olga Vásquez de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), analizaron la influencia de las dinámicas culturales y las percepciones sociales en la realidad política de la región. Cecilia Güemes, de la Universidad Autónoma de Madrid, y Esther Del Campo, de la Universidad Complutense de Madrid, enriquecieron el debate con su análisis sobre las políticas públicas y las emociones colectivas que han definido la historia contemporánea de América Latina. Este evento no solo resaltó los desafíos actuales, sino que también buscó identificar posibles estrategias de resistencia y transformación en un escenario que continúa evolucionando.
Emociones y percepciones: claves del autoritarismo en Centroamérica
Amparo Marroquín reflexionó en primer lugar sobre el papel de la cultura y las percepciones en la construcción de una cultura autoritaria en Centroamérica y que marca el punto de partida de una investigación que se irá desarrollando en los próximos meses. El tema central que exploran es el rol que juegan «la cultura, las percepciones y las emociones» en el fortalecimiento de los autoritarismos en la región.
Marroquín subrayó que Centroamérica ha sido tradicionalmente vista como un territorio geográfico homogéneo, pero la realidad es más compleja. Para ella, es importante reflexionar desde una perspectiva cultural que va más allá de lo territorial, donde el concepto de una «región imaginada» cobra relevancia.
Al revisar los estudios sobre autoritarismo en la región, han encontrado que la narrativa dominante se ha centrado en la figura de los «caudillos», quienes son vistos como tiranos que han explotado y victimizado a los pueblos centroamericanos. Sin embargo, la hipótesis que proponen es diferente: «los pueblos centroamericanos son, en realidad, pueblos jerárquicos y autoritarios», lo que implica que la cultura autoritaria no es solo el resultado de líderes tiránicos, sino que está profundamente arraigada en las instituciones estructurales de la sociedad. Estas instituciones, identificadas como el ejército, la iglesia y la escuela, «modelan una cultura que no es precisamente democrática».
Según explicó Marroquín, estas instituciones funcionan con un modelo de relación de dominación donde la obediencia se convierte en el mecanismo central de cohesión social. Este modelo perpetúa el control a través de herramientas como la culpa, el miedo y la fuerza.
Uno de los puntos clave que Marroquín destacó es que esta dinámica no solo se refleja en los líderes autoritarios clásicos, sino que está presente en figuras de autoridad en todos los niveles de la sociedad. Como agregó Olga Vásquez, “cualquier persona que preside automáticamente parece investirse de un poder que genera una relación de subordinación”. Esta relación se da en la escuela, en asociaciones deportivas, en el gobierno comunitario, y más allá.
La cultura autoritaria: una fuente de certidumbre
Marroquín explicó que, en un contexto de precariedad y caos, la cultura autoritaria proporciona algo muy valioso: certidumbres. En una región que ella describe como “caótica, precaria y en fuga”, esta certeza es atractiva, ya que ofrece un conjunto claro de reglas y consecuencias para aquellos que se apartan de lo establecido. Sin embargo, este modelo no solo persiste debido a las élites o líderes autoritarios, sino que es una construcción cultural cotidiana que se refuerza desde la base social.
La investigadora también profundizó en cómo esta cultura promueve una resistencia a la diferencia. “Cualquier diferencia ideológica, étnica, de género o religiosa se concibe como una amenaza que debe ser vencida, destruida o sometida”, señaló Marroquín. Esto refuerza la homogeneidad y rechaza la diversidad, consolidando aún más el autoritarismo en la región.
El peligro de revoluciones sin transformación cultural
Marroquín advirtió que, aunque se logren revoluciones políticas, si no se cambia el tejido cultural, los sistemas autoritarios seguirán reproduciéndose. “Podemos hacer nuevas revoluciones que tumben a los Somoza de turno”, reflexionó, “pero si no somos capaces de intervenir y cambiar la práctica cultural, siempre vamos a terminar escogiendo otros Ortega que perpetúen lo que ya hemos vivido”.
La intervención concluyó con un ejemplo sobre El Salvador, donde se observa que “no hay un afuera del modelo autoritario”. Marroquín dejó entrever que la ilusión de cambio, sin una transformación real de la cultura de dominación, condena a la región a repetir sus ciclos de autoritarismo. Esta reflexión invita a repensar el futuro de Centroamérica, no solo desde una perspectiva política o económica, sino desde una transformación más profunda: la del ámbito simbólico y cultural.
Olga Vásquez introdujo la importancia de observar cómo se toman las decisiones a nivel micro, como en las escuelas y familias, donde se reproduce el autoritarismo. Aquí, el género juega un papel, pero aclara que tanto hombres como mujeres pueden perpetuar estructuras autoritarias. Además subraya que las iglesias, especialmente a través de la teología de la prosperidad, han reforzado una cultura de obediencia y sumisión, el caldo de cultuvo perfecto para mantener estructuras autoritarias y legitimar decisiones de líderes políticos sin resistencia.
Finalmente, Vásquez subrayó cómo estas dinámicas se vinculan a las emociones de la población, facilitando que el autoritarismo se acepte como una forma natural de gobierno, bajo la promesa de seguridad y orden, aunque se recurra a la violencia para mantener dicho control.
Estructuras familiares y patrones autoritarios
Esther del Campo, en su intervención como comentarista mencionó que la familia también es un agente clave en la creación de una cultura política autoritaria, además de las tres instituciones señaladas por las autoras (la Iglesia, la escuela y el ejército). Explicó que dentro de las relaciones familiares, especialmente en estructuras jerárquicas y machistas, también se generan patrones autoritarios. Añade que, además de la familia, las relaciones laborales podrían reforzar estos patrones de socialización autoritaria.
El desánimo ante los enfoques euro-centristas
Cecilia Güemes, en sus comentarios finales, expresó su frustración con los enfoques euro-centristas que explican los problemas de América Latina como una serie de «círculos viciosos» comparando la región con ejemplos exitosos del Norte, lo que genera desánimo. Señala la importancia de integrar el análisis de políticas públicas junto a las dimensiones culturales y estructurales en la creación de realidades sociales, ya que estas políticas no son neutrales y también moldean las culturas. También habla sobre el papel de la certidumbre en la vida cotidiana, que en América Latina puede justificar el apoyo a modelos autoritarios. Aunque critica la certidumbre que se añora, destaca que la búsqueda de estabilidad es un deseo universal.
